lunes, 7 de noviembre de 2022



Colaboración de José López Franco, de la reunión del Club de lectura con la autora Eloisa Martínes Santos y su novela "Mujeres de hojalata"




 "Mujeres de hojalata" nos reunió a todos los miembros del Club de Lectura con la escritora madrileña Eloísa Martínez Santos, quien nos explicó algunas particularidades de su novela. Dejó bien claro algunos aspectos a destacar: no se trata de una novela autobiográfica, tampoco es una historia feminista, aunque sí recoge diversas etapas familiares de varias generaciones de mujeres que tuvieron un hilo conductor a lo largo del relato: las albóndigas.

Eloísa huye de las etiquetas, de ahí que califique su novela de mujeres, escrita por una mujer. Para ella "no hay que hacer alarde de femineidad sino de talento", dijo.
Viajera impenitente, situó la trama en Boston y reconoce que de cada ciudad te llevas una imagen, una calle que, en el caso de Ceuta, fue el edificio Trujillo del que destaca su escalera, también el retablo de la iglesia de Los Remedios; amante de la vida, gusta de mirar cómo están los comercios y las terrazas con la gente que los ocupan y se llevó de Ceuta el deje, en la forma de hablar: unas veces similar a Málaga, otras a Marruecos.
A preguntas de los asistentes, fue describiendo algunos de los personajes que forman parte de la trama de su novela. Carmen "desata pasiones encontradas: a los hombres le despiertan su lado más canalla", señaló. "Quise mostrar una mujer intelectual con ideas claras y la gran transformación en la novela que es Carmen".
Ni Alicia ni Carmen sino Esperanza fue el primer personaje en el proceso de producción, señaló la autora de la novela. Una obra literaria que precisó de cinco años hasta culminarla a su gusto con la idea que quería expresar de cada uno de los personajes. "Tenía claro -dijo-, lo que cada una iba a representar. Milagros un poco beata y con un amor prohibido". En Esperanza -dijo la autora de la novela-, puede haber dos o tres conversaciones diferentes, la visualiza perfectamente".
Del personaje de Carmen considera que resulta pedante, clasista, "si Carmen no estuviera viva te resulta antipática o la has de amar", indicó Eloísa. "El "filing" con ella se da constantemente, Carmen no entendió a su familia y a base de trabajar mucho llegó su transformación y conoció la verdad de su familia".
Destacó de Minerva, la criada, como un personaje significativo en la novela, de la que su "lector cero" señaló que tenía un gran potencial "y decidí -dice Eloísa-, que Carmen necesitaba un punto de apoyo y sentirse gallito, alguien que le sirviera de muleta".
Al ser preguntada la escritora autora de "Mujeres de hojalata" si su obra era autobiográfica, preguntó: "¿Vosotros me veis con dos amantes a la vez?". Dice que los personajes surgieron inspirados en las "Chicas de oro". Carmen está con su familia y considera a esta perdedora por los avatares que han pasado. Un relato que, en sus primeras treinta páginas, según su autora, es duro pero que paulatinamente te va atrapando la novela.
Sitúa la voz en tercera persona como más objetiva y que no llega al narrador-cámara. La escritora usa recursos de poner similitudes con actores y actrices del cine para mostrar una especie de película. Describió el personaje de Encarnación como una mujer que no se quiso casar con el pobre ya que buscaba a un hombre con abolengo, pero sí acostarse con él, se platea que se ha enamorado de Mauro, se van del pueblo, lo pasan mal y se enfrenta a los problemas de una capital con un marido enfermo.
Entre Reme y Esperanza empiezan las albóndigas que marcan las diferentes etapas de la familia. Milagros se ve en París con su hermano y se enamora de un nazi, que después moriría. Nace Angustias que es el tipo de mujer que no encuentra su lugar en el mundo: mujer bipolar.
Todas las familias -matiza la escritora de la novela-, tienen sus secretos inconfesables como hace Esperanza que parece la mejor de la familia, Alicia lo que hace es obedecer y sacrifica el amor por su cuñado en aras a la familia.
En cuanto al enclave de situar la casa en venta de la familia en la calle Alcalá número 174, obedecía a que un día, la autora de "Mujeres de hojalata" pasó por allí y como no hay nada sin un motivo que lo justifique, descartó el barrio de Salamanca o Chamberí, cuando iba paseando por Madrid desde Manuel Becerra a Ventas, porque le llamó la atención que el edificio no era tan viejo ni feo y tenía los años que necesitaba para la trama de la novela. Entró al portal la escritora en una calle de gente vieja que era lo que buscaba porque se ven más inteligentes que los niños. dice. Accedió al portal, aunque el piso en el que sitúa la novela está inventado.
Eloísa Martínez Santos relata que "llegan más los cambios profundos con el dolor que con la felicidad", justificando así el "leit motiv" de la novela y concluye diciendo que "el final de la novela trae vida, no habrá segunda parte porque la obra literaria esta terminada y lo que luego pasa ya es la vida privada". La escritora dice identificarse con la fuerza de la abuela "me gusta mucho Alicia, aunque a Carmen la he vivido de cerca porque tengo un negocio familiar y siento una ternura especial por Angustias, que es el garbancito que no se ve en la obra, pero sufre mucho, que no se siente querida con un matrimonio difícil y a quien parece que le ocultan algo".
La escritora madrileña concluye: "Cada generación tenemos nuestro mundo".

viernes, 5 de noviembre de 2021

SOBRE MICRORRELATOS

 SOBRE MICRORRELATOS: Marigel Sánchez Caravaca

Al parecer, está   abierto el debate sobre si el microrrelato es un genero que merezca la pena tener en cuenta a la hora de leer o escribir. Así que os voy a dejar por aquí mi opinión.

Este verano, en un comentario que colgué en las redes, me atreví a definirme como “lectora compulsiva y escritora incipiente”, o algo así.

Como lectora, mis primeros libros fueron las novelas juveniles que ahora están repartidas por las casas de verano de toda la familia. Luego, al heredar la biblioteca de mi suegro, devoré casi todos los novelones españoles del XIX, Blasco Ibáñez, Galdós, Pereda, Valera, y también del ruso Tolstoi. En cuanto a escritura, primero rellene un diario de esos con llave y luego pase a un cuaderno de impresiones o reflexiones, antes de intentar escribir sobre mis recuerdos y vivencias.

Ahora, después de los dos cursos de microrrelatos en los que he participado, gracias a la biblioteca, yo diría que he mejorado mucho mi escritura y avanzado también como lectora.

 Y es que, en esta nueva modalidad literaria, hay que aprender a usar el lenguaje con mucha precisión e idear estructuras que atrapen y sorprendan al lector. Creo que se trata de un genero muy exigente pero muy eficaz para mejorar la creatividad y la capacidad critica.

En definitiva, y continuando con la idea del debate, mi opinión es muy positiva.


SOBRE MICRORRELATOS: Pedro Roldán Perea

Con él he aprendido a ser escueto.

SOBRE MICRORRELATOS: María del Carmen Rodríguez

      Es evidente que el  microrrelato está cada vez más en auge. A mí siempre me ha gustado este género, será porque me entusiasma que, tanto en literatura como en cine o teatro, el autor le dé cancha al que recibe  su obra.

  Intento leer de todo, con excepciones; evito la mayoría de la novela histórica que nos inunda.

   En nuestra tertulia tenemos el honor de contar con una autora de microrrelatos, Margarita del Brezo, que lleva cosechados muchos premios, fruto de su talento y su trabajo. Pero yo desconocía cómo se construye este género. He aprendido la teoría gracias a Ginés  S. Cutillas,  que nos la explicó  en  una tarde de forma amena y magistral. Comprendí  la perfecta maquinaria que tiene que utilizar el escritor para crear una ficción que requiera la complicidad  del  lector, cuya tarea es descubrir lo que falta.

  Este taller ha sido una experiencia  deliciosa. Muchas gracias a nuestra Biblioteca por  tan excelente idea.


SOBRE MICRORRELATOS: Rosa Ramón García

Me gusta pasar el dedo por el lomo de los libros. Giro la cabeza levemente hacia la izquierda o la derecha, según el sentido en que esté escrito el título de la novela que va señalando mi dedo índice. Apenas si me detengo donde pone Relatos...

Desde siempre he leído novela larga, de doscientas, trescientas páginas… (quizá era también lo que había), sobre todo cuando voy de vacaciones, antes de las cuales paso demasiado tiempo eligiendo libro, mejor dicho, descartando. Me llevo conmigo a unos personajes con los que he decidido compartir mis días de descanso, aunque sus vidas sean tristes, estén atravesando un mal momento, sean felices en sus vidas de papel o tengan entre manos un conflicto, un asunto que resolver, porque durante este tiempo, y los demás que paso en mi casa con ellos, puede decirse que casi forman parte de mi familia, y si no de ella, de mi vivir cotidiano.

Mi dedo, hasta ahora, tampoco se ha detenido en un libro que lleve por título Microrrelatos, pienso que se me harían muy cortos, y además tendría que viajar con demasiados, demasiadas tramas, demasiado en qué pensar.

En mi elección entra otro detalle importante para mi. Suelo leer las primeras líneas para ver el tono, la voz, la forma ... (¿se dice así?) en qué está escrita la novela, y debo decir que si está escrita en primera persona, a veces me la llevo, sin pensar mucho, porque es la voz narrativa que más me gusta.

Soy consciente de que mi elección o simpatías literarias se deben en gran medida a que este género es tan nuevo, al menos para mí, que no me ha dado tiempo a conocerlo o entenderlo o saborearlo. Yo no tengo prisa cuando leo, no quiero que se acabe mi lectura sobre todo cuando disfruto de un paisaje, de un sentimiento o de un misterio.

No sé si las historias de los cronopios y las famas son microrrelatos. ¡Hace tanto tiempo que las leí! sin embargo, guardo muy buen recuerdo de ellos, pero como leí a Cortázar de seguido, a quien nunca olvidé fue a la Maga, con su paraguas en el autobús, y la emotiva carta a su bebé Rocamadour (¿puede un microrrelato hacerme sentir toda la emoción que sentí entonces?). También recuerdo con mucha simpatía a Varguitas, enamorado de la tía Julia, pues estas lecturas son del mismo tiempo. Me leí de corrido toda la literatura del boom latinoamericano.

En estos días que me he puesto a leer estos textos mínimos (en palabras, que no en contenido, lo sé) y reflexionar sobre ellos, estoy pensando si es que no han existido desde siempre y reafirman la veracidad de aquellas expresiones o dichos populares tales como lo lo bueno si breve ..., a buen entendedor 

En este sentido, no me resisto a contar brevemente, cual microrrelato (o no, según se entiendan estos), la anécdota o leyenda que corre por ahí en la que el Cardenal Mazario (1602-1661), político francés, acepta tener una audiencia con un mendigo, pero con una condición: que le plantee lo que quiera con sólo dos palabras. El mendigo (pobre, pero listole dice hambre, fríoEl cardenal, dirigiéndose a su secretario y refiriéndose al mendigo le dice a aquel comida, ropa.

Aunque no he acabado de asimilar del todo los microrrelatos, después de nuestros dos talleres, el primero con María Jesús Fuentes, y este último con Jesús Cutillas, me he acercado de otra manera a ellos, y seguiré haciéndolo. Quizá la próxima vez que tenga que coger el autobús o un taxi, me decida a llevarlos conmigo.

SOBRE MICORRELATOS: Maribel Lorente

Descubrí hace muy poco el microrrelato con el curso de Mª Jesús Fuentes y desde entonces me he atrevido a escribir algunos. Después de asistir al taller de Ginés , descubrí que nada de lo que había escrito hasta ahora reunía los requisitos que debe tener un microrrelato. Al parecer, eran solo textos cortos donde existía una historia A, pero no una historia B, que es la que debe descifrar el lector. En mis textos, no había nada que descubrir, ni que descifrar ya que todo lo que describía y sentía estaba explícito en el relato.

Comparto con Ramón Galindo que cuando leo, necesito un texto que me conmueva con sus adjetivos, adverbios y recursos literarios, con sus amplias descripciones, narraciones y percepciones del momento, es decir, una lectura que me haga vibrar. No quiero deducir y estrujarme el cerebro para adivinar el mensaje que el autor ha querido dar en la historia B.

Seguiré escribiendo todo aquello que me sirva para expresar todo lo que siento y saque fuera lo que quiero trasmitir, aunque sea en pocas palabras. No sé si serán microrrelatos, textos cortos, crónicas o artículos de opinión.



SOBRE MICRORRELATOS: Jesús Canca

En los últimos años, como por arte del azar, y sin venir a cuento, he descubierto el microrrelato; que tiene mucho que ver con aquello de la brevedad y el ingenio que decía Shakespeare. Un género que ha irrumpido con tanta fuerza en el panorama literario reciente, y dada su innegable repercusión, que tengo claro una cosa: ni es una moda pasajera ni una flor de un día, sino que ha llegado para quedarse.

Siempre he leído mucho. Por razones académicas y para matar el tiempo (aunque yo no fuera consciente que, en verdad, el tiempo invertido en la lectura me estaba enriqueciendo). Y un día, entre lecturas y lecturas, me tropecé con ese poeta inglés durante mis años universitarios, de quien descubrí que “La brevedad es el alma del ingenio”. Yo, a decir verdad,  no sé si seré ingenioso, pero sí sé que soy exigente. En todo. Y en la lectura también. Me gusta leer. Y no me limito a un solo género. Toco todos los palos, aunque he de confesar que me decanto por la novela y el relato, entre todos ellos.

Sí. Soy exigente y selectivo. Y como lector mucho más. No me gusta cualquier artefacto escrito. Ese, a mi parecer, es justamente el motivo por el que muchos lectores rechazan el género del microrrelato, tan en boga en nuestros días. Porque es demasiado exigente con el lector. Está claro que para que el micro funcione el lector ha de poner mucho de su parte. Mucho más que en la novela o en el relato, donde los personajes y los ambientes vienen ya desarrollados por el escritor. Sin embargo, en el micro el lector juega un papel tan activo como decisivo, porque es él quien tiene que desarrollarlos, con todo lo que el escritor le sugiere o insinúa a través de las palabras meticulosamente seleccionadas que conforman el cuerpo del texto.

En los micros la descripción de los personajes y de los ambientes no tiene cabida. No hay tiempo ni espacio para ello. La descripción de los personajes va adosada a la acción que estos realizan. De ahí aquello de… “por sus acciones los conoceremos”. El escritor tiene que decidir escrupulosamente qué interesa más en su propuesta creativa y ha de desestimar aquello que considera superfluo. “Apartar todo aquello que no aporta”, podría ser el lema. Porque en el micro todo juega su papel y todo tiene su razón de ser: el título, la frase de arranque, la frase final, los signos de puntuación, la exquisitez del lenguaje y su economía.

Para mí, el escritor de microrrelatos prepara su coctelera antes de empezar y le añade todos los ingredientes necesarios: narratividad, concisión, elipsis, precisión, trama paradójica y sorprendente, brevedad, prosa y un conflicto donde el personaje sale de la historia de manera diferente  a la que entró, para así poder obtener esas preciadas “píldoras literarias”.

El microrrelato “nace de la urgencia de contar en pocas líneas algo transcendental”, como dice Ginés S. Cutillas, y se le considera el hermano menor de la novela y el relato. Se trata de un nuevo género que no da de lado a los demás, sino que bebe de todos ellos a pequeños sorbos: disfruta del ritmo de la poesía, del humor de la greguería, de la rotundidad del aforismo, de la precisión de los buenos relatos y, por supuesto, de los grandes temas de la novela.

Y hablando de novelas. Yo a lo largo de los años, como lector, he leído novelas y relatos de grandes escritores como García Márquez, Cortázar, Voltaire, Chéjov, Kafka, Borges, Monterroso, J.J. Millás, Ana Mª Matute o Benedetti (entre otros muchos). Hoy también he descubierto microrrelatos de todos ellos, altamente recomendables para todos aquellos lectores que agradecen, además de textos de calidad, las bondades de la brevedad.

Y eso es lo que achaco a muchas novelas. Porque como dice Juan José Millás (en uno de sus célebres microrrelatos, por cierto) “Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60”.  ¿No os pasa a vosotros también que a veces da la sensación de que el escritor se pitorrea del lector, haciéndole leer páginas y más páginas que no aportan nada, contándole lo mismo que podría haber hecho en un solo párrafo? En el micro eso no ocurre. Imposible. No hay tiempo para ello. Ni espacio. Porque ni el escritor puede permitirse el lujo de gastar espacio ni el lector tiene tiempo que perder.

El tiempo. Sí, el tiempo. Esa ha sido la clave del boom del microrrelato, en mi opinión. Los tiempos están cambiando. Para todos y en todo. Y en la literatura también. Hoy en día, algunos lectores, entre los que yo me incluyo, sin desestimar la novela o el relato, agradecemos narraciones más breves que nos permitan compaginar su lectura con otras tareas. El gusto por la literatura concentrada en pequeñas dosis no tiene precio. Y tampoco podemos olvidar, como punto a favor, su fácil, cómoda y rápida accesibilidad en la era digital en la que estamos inmersos.

Para mí, leer un micro supone un juego. Un juego serio en el que el lector ha de hacer frente al reto que le plantea el escritor, descifrando el mensaje oculto tras el título y el cuerpo que forman el texto. Porque, tal y como argumentó Ginés S. Cutillas en el Taller de Microrrelatos, no solo se trata de ver el plano A de la historia a través de una lectura literal del texto, sino que (y ahí está el quid de la cuestión) hemos de ser capaces, sobre todo, de desentrañar el plano B de la misma, leyendo entre líneas, para solucionar el acertijo que se propone. Y justamente ahí está la gracia del juego. ¿Te atreves? ¿Jugamos?

 

SOBRE MICRORRELATOS: Ramón Galindo Morales

Pertenezco, como lector, a unas cultura de la novela, corta o novelón, también del relato y del cuento, del ensayo; al micro relato aún no le he tomado el pulso… No tengo nada en su contra, no me ha hecho nada, pero, hasta ahora, no me ha dado nada, o muy poco; sin embargo, la novela, sin duda mi género literario preferido, me ha dado y me sigue dando, mucho, muchísimo, a lo largo de toda mi vida; creo que no podría vivir sin estar leyendo una novela, un libro de relatos, de cuentos…

Me gusta que se describan y se caractericen extensamente a los personajes, ambientes, paisajes, contextos… que se tejan bien las tramas, los giros, los finales, abiertos o cerrados…

La lectura es un refugio, necesito entrar en ella todos los días, prácticamente desde que tengo uso de razón; en función del estado anímico, del desarrollo de los días, necesito distintos tipos de refugio, más o menos frondosos, laberínticos, espesos… (sí, ya sé que los “adjetivos pesan”, pero yo los agradezco, al igual que los sustantivos, los verbos y adverbios…). También encuentro en la novela un “manual de estudio”, en el que aprendo, en el que me miro, en el que busco respuestas, preguntas, explicaciones, consuelo, ayuda… En mi escasa relación con los micros relatos, me cuesta encontrar en ellos lo que hallo en las novelas… Agradezco que Julio Verne, Walter Scott, Daniel Defoe, Luigi Motta, Emilio Salgari, Karl May o Enid Blyton, que me ayudaron a crecer y a formarme como lector, no escribieran micro relatos… “De mayor”, le agradezco lo mismo a Galdós, Baroja, Unamuno, Martín Gaite, Almudena Grandes o Dolores Redondo.

Por deformación profesional, al pertenecer al “mundo académico”, estoy muy cansado de requisitos, número de caracteres, extensiones, síntesis y resúmenes limitados, palabras clave, estándares, rúbricas… sin duda necesarios en ese mundo, pero que, trasladados a la creación literaria, pueden coartar la creatividad, la frescura de un texto, sus posibilidades de comunicación, de empatizar…

Como “escritor”, en el ámbito literario, escribo, básicamente, para mí, para intentar comprenderme, explicarme, justificarme, relajarme, para hacer aflorar sentimientos, sensaciones… para eso, necesito muchas palabras, frases, párrafos y párrafos, sin límites, sin requisitos… no sé escribir de otra manera…

Sobre el reciente taller, fui más por curiosidad que por convicción, como una actividad más para romper con el trabajo diario, para relacionarme con personas ajenas a mi día a día, para ver otras caras, para oír otras voces… por lo mismo que voy a las reuniones de las tertulias literarias, para aprender… y aprendo, también del taller, en el que aprendí, no solo a escribir micro relatos, sino a escribir mejor y, también, para ser mejor lector, abrirme a nuevos formatos. Creo que este tipo de talleres es un signo de nuestro tiempo, de las sociedades ociosas, del bienestar, de personas que, afortunadamente, tienen y quieren (tenemos y queremos) tiempo para ello.

Termino, seguro que estaré muy de acuerdo con lo escrito por Jesús, aprenderé y disfrutaré mucho leyéndolo… aunque sea breve….

 







viernes, 4 de junio de 2021

 A flor de piel”  de Javier Moro. Colaboración de Montse Méndez

La primera vez que tuve conocimiento de la existencia de Isabel Zendal, fue en una nota de prensa que leí, por casualidad, en una mañana de vacaciones, hace ya cuatro veranos. Tal vez porque acababan de descubrir el nombre de la hasta ese momento desconocida enfermera que había acompañado a Balmis en su Expedición, y porque, además, era originaria de A Coruña, el Correo Gallego se había hecho eco de ella. 

La noticia, sin embargo, no ofrecía gran información, más que su labor como acompañante de los 22 niños del hospicio de la Coruña, en su travesía a través del Océano Atlántico y a lo largo de las colonias americanas  e incluso aquellas pertenecientes al continente asiático. 

Esta cuestión me sorprendió y la primera pregunta que acudió a mi mente no fue ya por qué ella había sido desconocida hasta el momento, sino que cómo era posible que unos niños hubiesen sido sometidos, primero, a una especie de experimento cuyos efectos resultaban desconocidos (¿le estarían inoculando una enfermedad susceptible de desarrollarse y matarlos?), y segundo, a un viaje en el cual habían perecido antes hombres mucho más fornidos. Comprendía el objetivo y la necesidad de poner el bien común por delante de todo lo demás, pero ¿debe ser así  a toda costa? ¿Dónde está el límite?

Pues bien, esta cuestión y algunas otras más, se trataron en la última reunión del Club de Lectura de la Biblioteca de Ceuta; en la que, además, contamos con la presencia del Jefe de Medicina Preventiva del Hospital Universitario de Ceuta, Julián Domínguez, cuyas aportaciones enriquecieron nuestro diálogo, desde un punto de vista no sólo médico, sino también, literario e incluso filosófico: 

¿Fue realmente una Expedición filantrópica? ¿Era el objetivo de Carlos IV humanitario o, por el contrario, se trataba de una maniobra mercantilista para evitar la desaparición de la mano de obra en las Indias occidentales? ¿Fue Balmis un prohombre o se trataba de un científico solitario y ególatra que sólo buscaba el éxito personal, sin reparar en las posibles consecuencias? ¿En qué medida su actitud puede justificar o deslegitimar la expedición?

Más allá nos llevaron las reflexiones de nuestro compañero Pedro, quien, actuando en calidad de abogado del diablo, como él mismo se describió, se preguntó y nos preguntó si realmente el ser humano debe de desarrollar este tipo de avances médicos, en aras de la supervivencia. 

Es decir, una vez neutralizadas las sucesivas pandemias, que hasta el momento han minorado la población humana, contribuyendo a regular de forma natural el ecosistema y evitando alterar la cadena trófica, ¿qué futuro tendremos? ¿Habrá suficientes recursos para todos?

Momento en que el que resultó inevitable recurrir a la famosa frase de Hobbes “homo homini lupus” o “el hombre es un lobo para el hombre” o más bien que nosotros mismos seremos quiénes nos extinguiremos.

Sin embargo, y en esto tengo que decir que me puede mi vena idealista, o utópica, o no sé ya cómo llamarla, y en este sentido (como dijo alguien en la sala “no tengo una respuesta para esto, pero tengo una opinión”), creo que si, doscientos años después, hemos conseguido alcanzar, no sólo el estatus legal, sino el convencimiento del valor de una vida humana, en el sentido de que hoy sería impensable –al menos en nuestra sociedad- que unos niños vulnerables e indefensos, fueran sometidos a tales medidas; tal vez, en doscientos años a partir de ahora, hayamos conseguido una mejora social y una mayor conciencia ecológica, fundamentada  en la sostenibilidad, la empatía y el respeto mutuo.

Por supuesto, también hubo espacio en el diálogo para consideraciones desde un punto de vista estrictamente literario: Se destacó, en primer lugar, la labor de documentación realizada por el autor para la ambientación de la novela, en la que se describe incluso, de manera minuciosa, cómo se realizaba la inoculación del virus y su transmisión de un huérfano a otro.

Esta labor de investigación coexiste con escenas de carácter ficcional, pertenecientes a la imaginación del autor; pequeñas licencias que nos permiten distinguir, entre otros aspectos, el género de la novela histórica respecto de la historia novelada, como la presente.

Se resaltó la labor de construcción de los personajes, ya que, una vez inmerso en la historia, uno es capaz de generar simpatía o antipatía respecto de cada uno de ellos, sólo por el cómo nos son mostrados; y por supuesto, la pulcritud y la claridad del estilo de Javier Moro al describir los personajes y las diferentes escenas. Todo ello resulta en un tono fluido, que otorga amenidad a su lectura y que hacen que se trate de una novela disfrutable por todos los públicos.

Para finalizar, me gustaría comentar, para aquel que le interese seguir leyendo sobre el tema, o tal vez acercárselo a los más jóvenes de la casa, que la periodista coruñesa María Solar publicó en el año 2017 la novela juvenil “Los niños de la viruela: La expedición Balmis, en la que éstos son los verdaderos protagonistas y narradores de la historia; que cuenta, además, con una adaptación teatral para público familiar y escolar.

lunes, 31 de mayo de 2021

COMENTARIO A LA LECTURA DEL LIBRO "A FLOR DE PIEL" DE JAVIER MORO

Por Marigel Sánchez Caravaca 


El pasado jueves 27 de mayo tuvimos nuestra primera reunión tras la suspensión de actividades desde octubre 2020. Hemos contado con la presencia del Doctor Julián Domínguez, jefe de Medicina Preventiva del Hospital Universitario de Ceuta, invitado a participar en nuestros debates.

En plena primavera por fin hemos podido abordar el comentario del libro de Javier Moro “A flor de Piel”, una novela que a todos nos ha parecido amena para tratarse de un tema científico como es la Expedición del cirujano del rey Carlos IV, Javier Balmis para llevar la vacuna de la viruela a los territorios de Ultramar donde la enfermedad hacía estragos en la población indígena.

 

Recién descubierta en 1796 por el británico Edward Jenner , el reto que planteaba transportarla durante tan largo viaje sin la tecnología actual, fue inmenso.

 

En la novela se hace un retrato psicólogo de los personajes que intervinieron en conseguir esta proeza, por cierto, poco conocida. De ellos, además del personaje de Balmis, hemos conocido al subdirector José Salvany y a la desconocidísima hasta ahora Isabel Zendal, directora del hospicio de La Coruña y sin cuya intervención la estrategia de Balmis no hubiera sido posible.

 

En nuestra reunión, esta fue la parte más discutida, desde el punto de vista ético, ya que se trataba de utilizar el cuerpo de niños pequeños para mantener viva la vacuna hasta llegar a Méjico. Hoy en día nos resulta inconcebible, incluso dijimos que las leyes lo harían imposible.

En 1803, no solo fue posible sino que además resultaron  protegidos de una enfermedad si no los mataba, los dejaría ciegos o desfigurados. La labor de Isabel fue fundamental para cuidar de los niños en un viaje tan largo, donde cada diez días había dos niños vacunados que debían estar aislados de los demás.

 

Además de describir todo el proceso técnico, que fue la parte más tediosa para algunos lectores, Javier Moro nos ficciona la relación entre esta mujer joven, madre soltera, que encuentra en este viaje una tabla de salvación y los dos médicos de caracteres tan opuestos como Balmis y Salvany.

 

Finalmente, la parte de la llegada a América y la acogida tan dispar en según qué zona, fue la que menos gustó porque la relación de Isabel con un Obispo, nos pareció exagerada y el Doctor Domínguez consideró que parecía escrita con más prisas.

 

En conclusión, una novela entretenida, donde hemos conocido la vida de la “primera enfermera comunitaria”, cuyo nombre nos es familiar desde la pandemia, por el hospital “Isabel Zendal”. También estuvieron presentes, la referencia a la pandemia y la reflexión sobre, si hacemos bien en de tratar de eliminar a nuestros únicos y microscópicos depredadores.

Que la obligación de la ciencia es seguir buscando la verdad y que el mayor depredador del hombre es el propio hombre fueron otras de las apreciaciones.

lunes, 28 de septiembre de 2020

 LECTURAS DE MICRORRELATOS. 24 DE SEPTIEMBRE DE 2020

Montse Méndez

El pasado jueves, 24 de septiembre, después de una larga ausencia, tuvimos la que espero sea la primera de muchas reuniones del Club de Lectura de esta Biblioteca Pública del Estado en Ceuta, en el nuevo año académico que comienza.

 Las reuniones del Club de Lectura han sido, desde siempre, espacios maravillosos donde compartir nuestras experiencias lectoras, pero este jueves, mi deseo de estar allí con vosotros y conversar era mucho mayor, dado el tiempo transcurrido desde la última ocasión en la que pudimos disfrutar de nuestras charlas (¡Qué ganas tenía de veros, compis!).

 En esta ocasión, además, la reunión tenía un menú especial:  Los textos que íbamos a leer y a departir eran aquellos escritos por nosotros mismos, aunque desconociésemos, inicialmente, quién  había sido su autor o autora. Una especie de juego que nos hizo reflexionar,  reir, estrechar lazos -aun más, si cabe- y, en alguno de los casos, descubrir facetas desconocidas de nuestros compañeros. 

 No sólo el menú era especial, también tuvimos la fortuna de aderezar nuestros textos con la lectura que hizo la maravillosa Montse Taboada, dueña de una voz que hace grande todo aquello que pronuncia. Nuestros relatos cobraron vida y se hicieron nuevos en su boca. (¡Muchísimas gracias, Montse!).

 La lectura, en no pocas ocasiones, es como la buena gastronomía, se disfruta con todos los sentidos. Puedo decir, podemos decir todos nosotros que, en este caso, la experiencia fue totalmente de-li-cio-sa. 

 No pudo haber mejor comienzo que el de  La lectura nos une”, un relato escrito desde el corazón, que pone de manifiesto todo aquello que sentimos los que estamos en este grupo y que nuestra querida Sa ha sabido trasmitir con palabras. 

 A su lado, muchos fueron los relatos participantes, de los cuales destacaron, por alusión, “Cándida hipotenusa”, escrito por nuestro recién incorporado compañero Pedro; “Terapia de grupo” de Domingo Nofuentes, que recientemente ha publicado “Entre la arena y la muralla”, y del cual nos sentimos muy orgullosos; “Agencia de investigación”, de Rosa Ramón, que además de nuestra coordinadora es el pegamento que nos mantiene unidos; “Carmen, Pilar, playa, silla, libro,…”, un precioso relato intimista de Ramón Galindo; “Indignación”, de Carolina Cáceres; “Carpe Diem” de Jesús Canca; y junto a éstos, muchos otros que nos acompañaron y entretuvieron esa tarde.

 Además de nuestros microrrelatos (aunque, en puridad, los menos eran micro, los más mini e incluso alguno que otro podríamos decir que macro -me encantáis-) también pudimos disfrutar de aquellos escritos por nuestros compañeros del Club de Lectura del Instituto Cervantes de Tetuán. En este caso,  tuvimos el placer de escucharlos en la voz de nuestra fantástica compañera Sa Arjandas.

 Pues bien, a través de este nuestro foro del Blog del Club de Lectura, me gustaría tener algunas palabras de agradecimiento hacia ellos, no sólo por participar en esta actividad, sino, sobre todo, por hacerla más rica, mostrando otras perspectivas y miradas.

 A ellos pertenece el que hemos considerado como  el microrrelato por excelencia:  Un mundo extraño a mí”. Compuesto por título y una sola frase, el aún desconocido autor, construye una historia que se narra, más que en las palabras, en la mente del lector. Un guiño cómplice, que bebe -acertadamente- del “menos es más”, con el que el movimiento Bauhaus inspiró a autores de renombre como Monterroso, Borges o Jodorowsky. ¡Un fuerte aplauso para él o ella!.

 Del resto de los relatos destacaría, desde mi punto de vista, dos aspectos fundamentales: En primer lugar, su extraordinaria capacidad para expresarse en una lengua que no es la suya, construyendo historias redondas, con ritmo, de personajes cercanos y cómplices; y en segundo lugar, y sobre todo, su contenido, profundo e intimista. Sus relatos nacen desde el interior, desde las  emociones, los deseos y los sentimientos.

 En ellos hay momentos compartidos que se convierten en tesoros  (“Mi abuelo, el mar y yo”), anhelos de un futuro que no sabemos si llegará (“Mar de sueños”), alegría por las pequeñas grandes cosas (“¡Hakuna matata!”), dolor reprimido -y escondido- (“La mujer desnuda”), amores prohibidos (“El eunuco”) y mucha, mucha, nostalgia (“Tardes de cine”, “El libro viejo”).

 Esto me hizo reflexionar sobre el enfoque que prácticamente todos nuestros compañeros tetuanís le han dado a sus microrrelatos. Son un poco como su ciudad. Tetuán es maravillosa, colorida, viva, llena de matices, anhelos y añoranzas, y eso se transmite en la forma de expresarse y de vivir de las personas que la transitan. Ciudades y personas cuyo interior es tremendamente rico y vibrante.

 Así que aquí, en Ceuta, somos tremendamente afortunados. Somos afortunados de poder estar a un lado de una frontera que esperemos pueda volver a abrirse pronto y que sea una frontera de unión y no de desunión. Somos afortunados de poder acercarnos al corazón y a la mente de otros que sienten y piensan de forma diferente a como lo hacemos nosotros. De respetarnos y de crecer con ese respeto. Somos muy, muy, afortunados de tener esta oportunidad. Y de que existan personas y organizaciones que nos la acerquen.

 

A todos vosotros, ahora y siempre, ¡gracias!

 

 

 

 

martes, 25 de febrero de 2020


ENTRE LA ARENA Y LA  MURALLA. EPISODIOS CEUTÍES
DE DOMINGO NOFUENTES HERNÁNDEZ

COLABORACIÓN DE JESÚS CANCA LARA


¿Se puede novelar la cotidianidad enhebrando ficción y realidad, sin minimizar el potencial de invención del primero ni menospreciar la rigurosidad del segundo? Si alguien aun lo pone en tela de juicio puede adentrarse en las páginas de esta ópera prima del escritor Domingo Nofuentes; un granadino afincado en Ceuta hace más de veinte años.
En tan solo cinco relatos, el autor de “Entre la arena y la muralla” ha sabido plasmar dos realidades bien distintas: la realidad del Relato Breve como género literario y fogonazos de la realidad ceutí en el transcurso de los años. Por un lado, da respuesta a la manida pregunta sobre la extensión que debe tener un relato breve, dejando entrever que no hay una única extensión predeterminada. Contar una historia puede ocupar a veces 7 páginas (como en el caso del relato titulado Noche cerrada) u 83 páginas (como en El Reportaje). Por otro lado, esta obra se puede catalogar como una magnífica muestra de la realidad ceutí novelada. O, en otras palabras, un excelente ejemplo de cómo novelar hechos reales, bien documentados y desde el rigor. De ahí que, partiendo de hechos acaecidos a lo largo del tiempo en Ceuta, el autor se invente algunos personajes y juegue con la realidad, combinando de manera equilibrada realidad y ficción, haciendo uso de una exquisita contextualización léxica y una no menos exhaustiva documentación histórica.
Además, el logro conseguido en el caso del autor que nos ocupa tiene un mérito doble, ya que ha sabido retratar la realidad y costumbres de Ceuta, sin ser natural de Ceuta. Se nota que este autor granadino entiende de fotografía y sabe “retratar bien”, porque ha sabido fotografiar distintos momentos a lo largo del tiempo que, por diferentes razones, han quedado grabados en la historia de esta ciudad. Sin lugar a dudas, Domingo ha sido capaz de meternos de lleno en la historia de: Manuel, un reo gallego conocido como “El hombre lobo de Allariz” en la Ceuta-Presidio de finales del siglo XIX; o hacernos partícipes y asistir a la realidad de unos personajes ante la llegada de la Guerra Civil; o en la historia de Miguelito que ve de cerca la muerte por vez primera, durante una de las mayores tragedias marítimas registradas en el Campo de Gibraltar; o en la piel de Sara, esa aprendiz de periodista que resulta herida en acto de servicio mientras realiza sus pesquisas durante la redacción de su reportaje; o, por último, en la historia de Abdoulaye, un migrante que tras su periplo africano se queda en puertas de lograr su sueño europeo.
“Entre la arena y la muralla” trata de cinco historias recogidas en cinco relatos bajo un título prometedor, prestado de un verso de nuestro ilustre poeta ceutí Luis López de Anglada, como nos recuerda en el excelente prólogo de la obra nuestra querida amiga Mª Jesús Fuentes. Un título que se antoja tan apropiado como original, que viene a sintetizar lo que el libro acontece en sentido inverso. Y digo en sentido inverso porque “Entre la arena y la muralla” aparece en sentido contrario al orden de aparición en la obra, ya que la “arena” de la playa que pisa el inmigrante Abdoulaye aparece en el último relato, mientras que la “muralla” del Monte Hacho del Presidio lo encontramos en el primer relato. Una mera anécdota.
De las muchas lecturas que se podrían llevar a cabo, me centro en una de ellas. A mí, particularmente, me ha llamado la atención el enfoque costumbrista de los relatos, puesto que presentan una larga lista significativa de costumbres que yo he vivido en primera persona:
En el relato “Doce de diciembre” me he sentido identificado con Miguelito. Yo nací y me crié en la Playa Benítez, y compartí la costumbre infantil de “raspar los huesos de melocotón contra el escalón de piedra para fabricar pitos” y he observado en mi infancia a “mujeres cargadas con cubos de desperdicios que arrojaban al mar en el Barrio de las Latas”. He compartido el mismo uso de la lengua y cuando cogía el autobús en la Playa Benítez para ir al centro de la ciudad, también decía “me voy a Ceuta”, como si ya no estuviera en la ciudad. Y como piragüista que fui de joven, cuando dábamos la Vuelta a Ceuta en piraguas, viví la bravura del mar en los Isleros de Santa Catalina tal cual se narra.
En “El reportaje” me he sentido identificado con Sara, porque yo también he sido hijo de tendero de una tienda de ultramarinos de barrio y salí de Ceuta para estudiar una carrera universitaria. Un relato repleto de localismos, con un somero repaso al callejero ceutí, con mención de locales emblemáticos y una retahíla cuidada de algunos de los platos típicos de esta ciudad: bocadillos de corazones de pollos, conchas finas crudas con unas gotitas de limón, guiso de fideos con caballas, pinchitos morunos, milhojas de chocolate, el chocolate Maruja o el té con pastas.
Y “Vientos de tormenta” también me ha trasladado a mi infancia de manera especial. Yo también cogía “la camioneta” todos los días para ir al colegio (o sea, el autobús). Mi padre a veces bebía “vino con sifón” y de joven ordeñaba las cabras de mi abuelo en un jarrillo de lata. Y mi madre también pedaleaba en su máquina de coser con un cajón adosado siempre lleno de retales, tijeras, tizas y carretes de hilo; y tomaba infusiones de “hierbaluisa”.
Por todo ello, a modo de conclusión y de manera acertada, José Antonio Alarcón, Director de la Biblioteca Pública “Adolfo Suárez” de Ceuta, califica “Entre la arena y la muralla”, desde las emociones evocadas, como una magnífica recopilación de “Historias de gente sin historia”. Se refiere al acontecer diario de las personas narradas (un preso, unos pescadores, gente obrera, una aprendiz de periodista y un migrante) que, sin aparecer en los anales de la historia de esta ciudad, escribieron sus historias con “h” minúscula (como al mismo Domingo Nofuentes le gusta tildar) en el pasado de esta ciudad y nos permiten hurgar en el tejido de las vivencias de un pueblo a orillas del Estrecho de Gibraltar.